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El célebre historiador catalán Josep Fontana afirmó con acierto: «Todo trabajo de historiador es político. Nadie puede estudiar, por ejemplo, la Inquisición como si estuviera investigando la vida de los insectos, en la que no se involucra. Porque, o el trabajo del historiador tiene utilidad para la gente de afuera de las aulas, o no sirve para nada». Siguiendo esta premisa, podemos afirmar que Tulio Halperín Donghi, considerado por muchos como el más destacado historiador argentino, comprendió a la perfección la utilidad y la responsabilidad de su labor. Su obra magna, Revolución y Guerra, se ha consolidado como un texto ineludible para cualquiera que desee entender la compleja trama de relaciones entre el poder político, económico y militar que dio forma a la elite dirigente criolla entre 1810 y 1820.
Halperín Donghi no dudaba en abordar la historia reciente como un campo de estudio legítimo, tratando con rigor histórico temas que a menudo se dejan al periodismo o la crónica. En su libro La lenta agonía de la Argentina peronista, analiza reflexivamente el desmantelamiento del estado benefactor, las turbulentas etapas del peronismo, el fenómeno de la guerrilla, las dictaduras y las frágiles democracias que se sucedieron entre 1955 y 1983. Con un tono desprejuiciado, polémico y a menudo “políticamente incorrecto”, desentraña tres períodos clave de nuestra historia contemporánea: los años 70, la dictadura cívico-militar y la transición democrática.

Al analizar el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, Halperín Donghi señala una causa profunda y estructural. Sostiene que los militares, desde su apartamiento del poder en 1973, mantenían una aspiración latente de regresar y recuperar su espacio político. Sin embargo, lo que hizo que el golpe fuera inevitable no fue tanto el “problema de la subversión”, argumento principal esgrimido por los golpistas, sino la manifiesta incapacidad del gobierno peronista de Isabel Perón para articular y sostener una política viable. El problema subversivo, para ese entonces, ya había sido contenido en gran medida en el plano militar. La verdadera crisis era de gobernabilidad.
Para entender esa parálisis gubernamental, es crucial observar cómo funcionaba el régimen peronista desde su restauración en 1973. Estaba, desde su origen, fracturado en tres grandes sectores: la izquierda peronista (con la Juventud Peronista y Montoneros como exponentes), la corriente tradicional del movimiento sindical, y lo que se conocía como “el entorno” de Perón y, posteriormente, de Isabel, liderado por José López Rega.
Según el análisis de Donghi, el entorno y el movimiento sindical lograron una alianza táctica para eliminar la influencia política de la izquierda. El propio Perón fue el principal actor en esta tarea, interviniendo provincias, realizando purgas políticas y, finalmente, trasladando la lucha al terreno militar, donde la izquierda tenía pocas posibilidades de prevalecer. Aunque este conflicto interno generaba “condiciones infernales de vida” para la sociedad, no era, por sí solo, un motivo suficiente para un golpe militar.
Perón había sido el único garante del Pacto Social, un acuerdo entre la CGT y la CGE que buscaba una estabilidad de precios artificial, impuesta administrativamente mientras la masa monetaria se expandía sin control. Su enorme peso político sostuvo esta ficción económica más tiempo del esperado. Sin embargo, tras su muerte, el castillo de naipes se derrumbó.
El intento de Isabel Perón por cambiar la política económica fracasó estrepitosamente. La alianza entre los sindicalistas y López Rega se rompió con el Rodrigazo, el plan de ajuste del ministro Celestino Rodrigo. En esa pulseada, los sindicatos resultaron ganadores, pero a un costo altísimo. El gobierno de Isabel quedó prisionero del poder sindical, con un Lorenzo Miguel que ejercía un poder de veto absoluto sobre cualquier programa económico. Esta situación derivó en una espiral inflacionaria incontrolable. La cúpula sindical, a su vez, era prisionera de sus propias bases, incapaz de imponer una política de contención salarial. La confesión de impotencia era total, y las alternativas para frenar el golpe se desvanecían.
Halperín Donghi califica el movimiento guerrillero como “deplorable” desde múltiples puntos de vista. No solo por introducir la peligrosa ilusión de que matar gente, si se la elige cuidadosamente, puede ser una solución política, sino también por su absoluta incompetencia estratégica. La guerrilla, según él, nunca entendió a qué debía su éxito inicial: un amplio favor y complicidad social.
Ese apoyo popular comenzó a revertirse drásticamente a partir de los hechos de Ezeiza el 20 de junio de 1973. Cuando la sociedad les dio la espalda, los grupos guerrilleros, sorprendidos e indignados, reaccionaron con una violencia cada vez más irracional y sangrienta, sin reconocer que la batalla política ya estaba perdida. Acciones como el asesinato del Dr. Mor Roig para “poner algo en la mesa de negociaciones” con Balbín solo lograron un repudio aún mayor.
Donghi aborda la controvertida “teoría de los dos demonios”, pero introduce un matiz crucial. Si bien existieron dos violencias, no eran equivalentes. Él argumenta que son “dos demonios muy diferentes”. Para ilustrarlo, recuerda un episodio de la historia chilena donde, tras ejecutar a unos revolucionarios, el gobierno le pasó la cuenta al padre por el costo de las balas. Esta anécdota, aunque brutal, señala un elemento diferenciador clave: la violencia que se ejerce desde el Estado, utilizando todos sus recursos para fines decididos por quienes lo han capturado, es de una naturaleza distinta y tiene una dimensión moral y política incomparablemente más grave que la de un grupo insurgente.
El historiador describe a la sociedad argentina como “cambiante, veleidosa”. Utiliza la metáfora de los “metejones”: enamoramientos impulsivos y efímeros que terminan en grandes desengaños. Así como sectores de las clases “respetables” simpatizaron con el Partido Comunista en una época, o como la guerrilla gozó de una popularidad notable a principios de los 70, el gobierno del Proceso de Reorganización Nacional fue recibido inicialmente con “auténtico alivio y aceptación”.
La población veía el golpe no solo como una solución al caos económico, sino también como un medio para atenuar la “intensidad salvaje” del conflicto político, creyendo que la represión militar sería más “calibrada”. Pronto se descubriría el error. Cuando el terror se hizo evidente, la economía se arruinó y el régimen fracasó hasta en la guerra, ese romance artificial terminó. La prensa jugó un papel fundamental en este proceso. Donghi cita un editorial de La Nación que, tras apoyar e incluso incitar a una vigilancia inquisitorial durante los primeros años de la dictadura, conmemoraba un aniversario del golpe como si nunca hubiera tenido nada que ver, en una clara muestra de amnesia y complicidad.
| Actor Político/Social | Responsabilidad y Motivación |
|---|---|
| Militares | Aspiraban a volver al poder y aprovecharon la ingobernabilidad y el vacío de poder para imponer su proyecto. |
| Gobierno de Isabel Perón | Incapacidad para generar una política viable, parálisis y sumisión al poder sindical tras el Rodrigazo. |
| Sindicatos | Lucha de poder que paralizó al gobierno, pero a su vez eran prisioneros de las demandas de sus bases. |
| Guerrilla | Incompetencia política, incapacidad para leer el cambio en el humor social y escalada de violencia irracional. |
| Sociedad Argentina | Veleidosa y propensa a “enamoramientos” políticos efímeros, aceptó el golpe con alivio antes de repudiarlo por sus fracasos. |
El triunfo de Raúl Alfonsín en 1983 fue seductor porque, según Donghi, logró convencer a la gente de que era algo distinto a lo que realmente era. Su gran habilidad fue reunir todo el voto antiperonista sin presentarse como un antiperonista visceral. Se ofreció casi como un “gobernante interino” para gestionar un país mientras el peronismo, destrozado, se recomponía.
Sin embargo, Alfonsín no percibió que su denuncia del pacto sindical-militar movilizaba a la sociedad no solo contra la corrupción, sino contra el peso del sindicalismo en sí. Su intento de integrar a un sindicalista como Alderete en su gabinete fue un error de cálculo político que, además, aceleró la ruina del Plan Austral. Su famosa frase “con la democracia se come, se cura, se educa” evidenciaba, para Donghi, un desinterés peligroso por los problemas económicos. Esta “ceguera” frente a la economía, que culminó en la hiperinflación, lo convirtió, finalmente, en una figura políticamente irrelevante para una sociedad que luchaba por sobrevivir.
La causa fundamental no fue la amenaza de la guerrilla, que ya estaba militarmente contenida, sino la total incapacidad del gobierno de Isabel Perón para ofrecer una política viable y gobernar el país, sumido en una crisis económica y de poder.
Reconoce la existencia de dos violencias, pero las diferencia categóricamente. Sostiene que la violencia ejercida desde el Estado, con todos sus recursos y legitimidad usurpada, es de una naturaleza fundamentalmente distinta y más grave que la de los grupos guerrilleros.
La describe como cambiante y veleidosa (“pueblo italiano”), pasando de un alivio y aceptación inicial del golpe a un rechazo total cuando el régimen fracasó en todos los frentes: económico, social y militar (Guerra de Malvinas).
Alfonsín triunfó por su habilidad para aglutinar todo el voto antiperonista sin necesidad de presentarse como un antiperonista explícito, capitalizando el hartazgo social y la profunda crisis interna del Partido Justicialista.
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