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El Museo de La Plata, inaugurado majestuosamente el 19 de noviembre de 1888, se erige como un ícono del conocimiento y la ciencia en Argentina. Sus imponentes salas, que narran la historia natural y antropológica del continente, han fascinado a generaciones. Sin embargo, tras la solemne fachada y las vitrinas que exhiben el pasado, se esconde una historia mucho más oscura y dolorosa. Sus sótanos no solo guardaron colecciones, sino que también sirvieron de prisión para los sobrevivientes del genocidio de los pueblos originarios, transformando un templo de la ciencia en el escenario final de una tragedia silenciada durante más de un siglo. Investigaciones recientes han comenzado a descorrer el velo sobre este pasado, revelando que el museo fue un engranaje clave en la justificación ideológica de la llamada “Conquista del Desierto”.

La figura de Francisco Pascasio Moreno, conocido popularmente como el perito Moreno, es central en esta historia. La narrativa oficial lo ha retratado como un hombre de ciencia y un benefactor que, movido por la compasión, solicitó que los líderes indígenas capturados, como el cacique Inakayal y su familia, fueran trasladados al museo para librarlos de las duras condiciones de las prisiones militares. Se argumentaba que vivirían en mejores condiciones, con mayor libertad. Sin embargo, la investigación llevada a cabo por el Colectivo Guias (Grupo Universitario de Investigación en Antropología Social) ha demolido este mito, exponiendo una realidad mucho más cruel.
Al contrastar los escritos públicos de Moreno con su correspondencia privada, emerge una faceta completamente distinta. En sus cartas, el perito se refería a los indígenas con desprecio, revelando un doble discurso. Su pedido para llevar a los prisioneros al museo no parece haber sido un acto de humanidad, sino un movimiento estratégico para disponer de “especímenes vivos” para el estudio de los antropólogos europeos. La frase que utilizó para justificar su petición —”para que no tengan el triste fin de Orkeke”, un cacique que murió prisionero y cuyo cuerpo fue descarnado y exhibido— se convierte en una cruel ironía, ya que precisamente ese fue el destino que les esperaba a Inakayal y los suyos: morir en cautiverio y terminar en una vitrina.
El propio diseño del museo reflejaba la ideología de la Generación del 80. El recorrido en espiral evolutivo colocaba a los pueblos originarios como un eslabón perdido, una etapa superada en el camino hacia el “progreso” simbolizado por el ferrocarril. Mientras Moreno vivía en el “palacio” del piso superior, los prisioneros indígenas eran confinados a las “catacumbas” subterráneas, una metáfora arquitectónica de la jerarquía racial que se buscaba imponer.
La vida de los indígenas dentro del museo fue cualquier cosa menos digna. Lejos de la libertad prometida, fueron sometidos a un régimen de observación constante. El antropólogo holandés Herman ten Kate, quien los estudió en esa época, dejó registros de su profundo estado de depresión, enojo y desnutrición. Eran, en palabras del historiador Osvaldo Bayer, un “zoológico humano”. Se negaban a colaborar, y la única respuesta que obtenían de un Inakayal derrotado pero no doblegado era: “Yo jefe, hijo de esta tierra, robaron mis caballos, la tierra que me vio nacer, mataron mis hijos y a mis hermanos, yo enojado”.
Además de ser objetos de estudio, fueron forzados a trabajar en la construcción y mantenimiento del mismo edificio que los aprisionaba. Las mujeres debían cocinar para los obreros y tejer prendas que luego eran catalogadas y exhibidas como piezas “etnográficas”, despojándolas de su contexto y humanidad. Su cultura era mercantilizada mientras sus vidas se extinguían lentamente en la penumbra de los sótanos.
La tragedia se materializó con una serie de muertes en circunstancias sospechosas. Se ha documentado el fallecimiento de al menos seis personas: el cacique Inakayal, su esposa Margarita Foyel, la fueguina Tafá, el joven yámana Maish Kensis, y una niña cuya identidad aún no ha podido ser establecida. Las causas oficiales hablaban de enfermedades que, incluso para la época, eran curables, lo que alimenta las sospechas de negligencia o algo peor.
El 27 de septiembre de 1887, el diario La Capital de La Plata publicó una nota titulada “Denuncia gravísima”, donde un periodista, alertado por los propios prisioneros, exponía las terribles condiciones y las muertes que estaban ocurriendo. El artículo era un desesperado pedido de auxilio, pero no fue suficiente. Maish Kensis moriría años después, y el destino de otro prisionero llamado Arturo es un misterio. Un misterio que adquirió un cariz macabro en 2006 cuando, durante unas obras de remodelación en el museo, se derribó una pared y apareció un esqueleto oculto. Pertenecía a un hombre tehuelche con el cráneo fracturado por un golpe mortal. La posibilidad de que sea Arturo, silenciado para siempre, es una hipótesis que estremece.
| Aspecto | Mito Oficial | Realidad Descubierta por la Investigación |
|---|---|---|
| Rol del Perito Moreno | Protector y filántropo que rescató a los indígenas de la prisión. | Ideólogo que los utilizó como especímenes vivos para estudio científico, justificando el genocidio. |
| Condición de los Indígenas | Vivían en libertad y con mejores cuidados dentro del museo. | Prisioneros en los sótanos, desnutridos, deprimidos y forzados a trabajar. |
| Muerte de los Prisioneros | Causas naturales o enfermedades inevitables. | Muertes dudosas por enfermedades curables, en condiciones de abandono y posible violencia. |
| Exhibiciones | Muestra de una cultura extinta de forma natural. | Exhibición de los restos de las víctimas del genocidio, a veces sin identificación clara. |
El silencio comenzó a romperse en 2005, cuando las comunidades originarias reclamaron que se retiraran de exhibición todos los restos humanos. Ante la negativa inicial de las autoridades, un grupo de estudiantes de antropología formó el Colectivo Guias en marzo de 2006 para investigar y apoyar esta causa. Lo que encontraron superó sus peores sospechas.

Su primer descubrimiento fue demoledor: el cuero cabelludo y el cerebro del cacique Inakayal, cuyos restos supuestamente habían sido restituidos en 1994, seguían en los depósitos del museo. La restitución había sido incompleta, una burla. También identificaron el esqueleto de Maish Kensis, que estaba exhibido anónimamente en una vitrina, bajo la falsa historia de que pertenecía a un no docente que había donado su cuerpo a la ciencia.
Enfrentando un tema que las propias autoridades del museo calificaban de “tabú”, el colectivo inició una valiente campaña de denuncia pública. La presión mediática y social fue tan fuerte que el 1 de septiembre de 2006, el consejo directivo finalmente aprobó el retiro de todos los restos humanos de las vitrinas. Este fue un paso fundamental, amparado en la Ley Nacional 25.517, que exige el consentimiento de las comunidades para el estudio de restos identificados y su restitución.
Fernando Pepe, coordinador del Colectivo Guias, traza un paralelismo escalofriante entre la impunidad del genocidio fundacional del Estado argentino y la última dictadura cívico-militar. Sostiene que el terrorismo de Estado de los años 70 fue posible, en parte, porque el exterminio de los pueblos originarios no solo quedó impune, sino que sus responsables, como Julio Argentino Roca, fueron elevados al panteón de los héroes nacionales. Los genocidas del siglo XX se veían a sí mismos como continuadores de esa “gesta patriótica”, esperando estatuas en lugar de juicios. La terminología misma los conecta: el “proceso de organización nacional” de Roca y el “proceso de reorganización nacional” de la dictadura. Reconocer y juzgar un genocidio, argumenta Pepe, es el paso previo y necesario para poder reconocer el anterior.
Fueron miembros de pueblos originarios, principalmente Tehuelches y Mapuches, capturados como prisioneros de guerra durante la “Conquista del Desierto”. Entre ellos se encontraban líderes como el Cacique Inakayal, su familia y otros miembros de su comunidad.
A pesar de su imagen pública de protector, la evidencia sugiere que fue un actor clave en la justificación científica del genocidio. Utilizó su influencia para obtener la custodia de los prisioneros y convertirlos en objetos de estudio para la antropología de la época, que buscaba demostrar una supuesta inferioridad racial.
Es un grupo de antropólogos y estudiantes que se formó en 2006 para investigar la historia de los prisioneros del Museo de La Plata. Su trabajo ha sido fundamental para sacar a la luz la verdad, identificar los restos y apoyar a las comunidades originarias en sus reclamos de restitución.
El proceso de restitución está en marcha pero no ha concluido. Gracias a la lucha de las comunidades y el trabajo de grupos como Guias, se han logrado importantes avances, como la restitución complementaria de Inakayal y el retiro de todos los restos de las exhibiciones públicas. Sin embargo, la tarea de identificación y devolución a sus comunidades de origen continúa.
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