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La historia industrial de Argentina está marcada por empresas que no solo definieron la economía, sino que también forjaron la identidad de regiones enteras. Una de las más emblemáticas es, sin duda, la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina, más conocida como SOMISA. Su trayectoria, desde su concepción como un pilar estratégico para el desarrollo nacional hasta su polémica privatización y posterior transformación, representa un capítulo crucial para entender las tensiones y cambios que atravesó el país en la segunda mitad del siglo XX. La ciudad de San Nicolás, conocida como “la ciudad del acero”, fue el epicentro de este gigante, y sus habitantes, testigos directos de su esplendor y su ocaso.

SOMISA fue creada en 1947, durante la presidencia de Juan Domingo Perón, como el corazón del Plan Siderúrgico Nacional impulsado por el visionario ingeniero militar Manuel Savio. Su fundación no fue un hecho aislado, sino la culminación de una estrategia de Estado que buscaba la autosuficiencia en un insumo vital: el acero. El descubrimiento de yacimientos de hierro en Jujuy y la creciente fortaleza de la industria metalmecánica demandaban una producción local robusta. La Dirección de Fabricaciones Militares, creada en 1941, fue el antecedente directo de esta visión de soberanía industrial.
La construcción de la planta principal, bautizada como “Planta General Savio”, fue un proyecto monumental que se inauguró oficialmente en 1960, bajo la presidencia de Arturo Frondizi. El objetivo era claro y ambicioso: producir acero de todo tipo, tanto plano como no plano, pesado y liviano, para abastecer cada rincón del desarrollo argentino. Desde las chapas para la floreciente industria automotriz y de electrodomésticos, hasta los rieles para expandir la red ferroviaria y los perfiles para la construcción, SOMISA estaba destinada a ser la “madre de industrias”.
Durante décadas, SOMISA no solo cumplió su objetivo, sino que lo superó con creces. La planta creció de manera planificada, incorporando tecnología de punta y expandiendo su capacidad productiva. Se levantaron dos imponentes altos hornos, una acería moderna, plantas de laminado en caliente y en frío, y una coquería, entre otras instalaciones. Se convirtió en un verdadero polo siderúrgico que impulsaba una red de industrias medianas a su alrededor.

Lejos de ser una carga para el Estado, en los años previos a su privatización, SOMISA era una empresa rentable y en constante expansión. Las cifras de la época son elocuentes: aportaba anualmente 200 millones de dólares al fisco, generaba exportaciones por 400 millones de dólares y su facturación total ascendía a 700 millones. Su rol era fundamental, abasteciendo al mercado interno en una proporción del 70% y exportando el 30% excedente. Más allá de lo económico, su valor era estratégico, garantizando el acero necesario para la defensa nacional y el desarrollo industrial autónomo.
La década de 1990, bajo el gobierno de Carlos Menem, trajo consigo una ola de privatizaciones que transformó la estructura del Estado argentino. SOMISA, a pesar de su rentabilidad y su importancia estratégica, no fue la excepción. En 1992, la empresa fue vendida al grupo privado Techint, en una operación que hasta el día de hoy genera controversia.
El acuerdo de venta se cerró por una cifra que muchos consideraron irrisoria en comparación con el valor real de la compañía. La transacción incluyó 100 millones de dólares en efectivo, 40 millones en pagarés y, notablemente, 12.500 millones de dólares en títulos de la deuda externa argentina, que fueron tomados a su valor nominal a pesar de que su valor real de mercado estaba sumamente devaluado. En el momento de la venta, los activos de SOMISA estaban valuados en aproximadamente 5.000 millones de dólares, con pasivos que rondaban los 2.000 millones. Esto dejaba un valor patrimonial neto mínimo de 3.000 millones de dólares, una cifra abismalmente superior al monto efectivo de la operación.
Tras la privatización, la empresa pasó a llamarse Siderar. El cambio de nombre fue acompañado de una profunda reestructuración que muchos de sus antiguos trabajadores y habitantes de San Nicolás describen como un desguace. La nueva gestión se enfocó en un modelo de negocio diferente, priorizando ciertas líneas de producción y abandonando otras que habían sido centrales en el proyecto original de SOMISA.

Instalaciones clave fueron demolidas, como los hornos Siemens Martins y la planta laminadora de rieles y perfiles. Uno de los casos más emblemáticos fue el del laminador de chapa naval, una pieza de tecnología avanzada que se encontraba lista para ser instalada y que era fundamental para la industria naviera nacional. Esta maquinaria, junto con el galpón que la albergaba, fue desmantelada. La empresa, que había sido concebida como un complejo siderúrgico integral, fue reconvertida en una productora especializada principalmente en chapa plana para la industria automotriz, techos y envases.
| Característica | SOMISA (Estatal, Pre-1992) | Siderar (Privada, Post-1992) |
|---|---|---|
| Propiedad | Estado Nacional (Sociedad Mixta) | Grupo Techint |
| Variedad de Productos | Acero plano y no plano, perfiles, rieles, chapa naval, etc. | Foco principal en chapa plana (automotriz, construcción, envases). |
| Rol Estratégico | Pilar del desarrollo industrial autónomo y la defensa nacional. | Enfoque en la rentabilidad del negocio y mercados específicos. |
| Infraestructura Clave | Complejo integral con hornos, acerías, laminadoras diversas. | Desmantelamiento de líneas como la de rieles y perfiles. |
El legado de SOMISA no solo quedó en la planta de San Nicolás. En Buenos Aires, su antigua sede social se erige como un ícono arquitectónico. Proyectado por el célebre arquitecto Mario Roberto Álvarez e inaugurado en 1977, el edificio es un exponente del estilo Brutalista. Ubicado como remate de la Diagonal Sur, fue concebido como un “edificio-máquina” de alta precisión, donde el acero es el protagonista absoluto.
Su diseño innovador, con una estructura exterior de acero suspendida y plantas flexibles resueltas íntegramente en chapa, lo convirtió en el primer edificio de su tipo en el país. Las cuatro enormes columnas con vigas doble “T” funcionan como un símbolo de la fuerza industrial que representaba la empresa. Declarado Monumento Histórico Nacional en 2014, hoy alberga la Jefatura de Gabinete de Ministros de la Nación, un testimonio pétreo de la importancia que SOMISA tuvo para el Estado argentino.
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