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En el corazón del conurbano bonaerense, existe una localidad cuyo nombre evoca el arte y la literatura: Martín Coronado. Sin embargo, detrás de este nombre se esconde una historia profunda y multifacética que se remonta a mucho antes de que el célebre dramaturgo la eligiera como su hogar. Es un relato de transformación, desde las tolderías de los pueblos originarios hasta el desarrollo de una comunidad pujante, un viaje a través del tiempo que revela las capas de identidad que conforman este rincón de la provincia de Buenos Aires.

Antes de la llegada de los colonizadores europeos, las tierras que hoy conocemos como Martín Coronado eran el hogar de comunidades indígenas, principalmente de los pueblos querandíes y pampas. Sus asentamientos y tolderías se ubicaban estratégicamente cerca de las fuentes de agua, como el arroyo Morón, que les proveía sustento. La geografía del lugar, con sus zonas bajas propensas a inundaciones, obligaba a estos primeros habitantes a una constante adaptación, buscando terrenos más elevados para establecerse. La llegada de los conquistadores marcó un punto de inflexión trágico. A pesar de la valiente resistencia por defender su territorio, los aborígenes fueron derrotados. Este evento no solo significó la pérdida de sus tierras, sino también el comienzo de un proceso de sometimiento y dispersión que cambiaría para siempre el destino de la región. Las tierras fueron repartidas entre los colonizadores según su rango y participación en la conquista, siendo el capitán Juan Días de Ocaña uno de los principales beneficiarios.
Con el paso de los siglos, la propiedad de la tierra fue consolidándose en manos de la nueva sociedad criolla. Durante el siglo XIX, el área que hoy ocupa la localidad pertenecía a grandes terratenientes. Figuras como Mariana Boubner de Kratzenstein y Leonardo Pereyra, heredero de Simón Pereyra, eran dueños de vastas extensiones. En este paisaje predominantemente rural, comenzaban a surgir los primeros esbozos de urbanización. Un ejemplo de ello fue la pequeña parcelación de 16 manzanas conocida como Villa Federico Lacroze, un presagio del futuro desarrollo urbano.
Un actor fundamental en la configuración de la identidad local fue la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús de Betharrám, popularmente conocidos como los “bayoneses” por su origen en Bayonne, Francia. Hacia 1880, bajo el liderazgo del padre Magendie, adquirieron una importante franja de tierra con el propósito de establecer una casa de retiro espiritual para los sacerdotes durante el verano. Este fue el germen de una presencia religiosa y educativa que marcaría profundamente a la comunidad.
La influencia de la congregación creció con la planificación y construcción de un imponente edificio que asemejaba un castillo francés, diseñado por el padre Pommés. El plano fue presentado en abril de 1890 y, para la Navidad de ese mismo año, la iglesia fue inaugurada por el padre Augusto Etchécopar. Este templo, con sus diez altares, se convirtió en un centro espiritual de gran actividad.
Paralelamente, el progreso llegaba sobre rieles. El tendido de la vía del Tranway Rural de Don Federico Lacroze pasaba muy cerca de los terrenos del colegio. Dado que los hijos de Lacroze eran alumnos de la institución, la Congregación solicitó la construcción de una parada para facilitar el acceso. Este humilde apeadero, conocido inicialmente como “De los Padres”, sería el embrión de la futura estación de ferrocarril.
Nacido en Buenos Aires en 1850, Martín Coronado fue un prolífico y respetado poeta y dramaturgo argentino. En 1889, encontró en la tranquilidad de una quinta en la zona de Caseros la inspiración para escribir la mayor parte de su obra. Títulos como “La rosa blanca”, “Justicia de antaño” y “El sargento Palma” no solo le dieron fama en los escenarios, sino que también dejaron una huella imborrable en la toponimia local, nombrando calles de la localidad que más tarde llevaría su nombre. El 20 de febrero de 1919, Martín Coronado falleció en su querida quinta. Su legado y el cariño de sus vecinos motivaron una propuesta popular en 1921, impulsada por el padre Etchemendigaray, para cambiar el nombre de la estación de tren, que hasta entonces se llamaba Caseros. La iniciativa contó con el apoyo crucial de dos exalumnos del Colegio San José: Domingo Salaberry y el entonces Presidente de la Nación, Hipólito Yrigoyen. El pedido fue aprobado, y desde entonces, la estación y la localidad pasaron a llamarse oficialmente Martín Coronado, honrando la memoria de su ilustre vecino.
El siglo XX trajo consigo un cambio radical en el paisaje. Las viejas quintas y la vida rural comenzaron a desaparecer, dando paso a una incipiente actividad industrial, como los hornos de ladrillos “Eureka” y “Goggi”, que utilizaban el ferrocarril para despachar su producción. Este fue el inicio de la era de la urbanización.
La tierra se fraccionó y nuevos propietarios como Francisco Lagorio, Pedro Seré y Domingos Arcos aparecieron en escena. La década de 1930 marcó el comienzo de los grandes loteos, atrayendo a los primeros compradores y, con ellos, los desafíos de todo núcleo urbano en crecimiento: la necesidad de mejores caminos, alumbrado público, veredas y pavimentos.
| Año | Acontecimiento Clave |
|---|---|
| 1880 | La congregación de los “bayoneses” adquiere tierras en la zona. |
| 1889 | El dramaturgo Martín Coronado se instala en su quinta. |
| 1919 | Fallece Martín Coronado. |
| 1921 | La estación de tren es renombrada como “Martín Coronado”. |
| 1939 | Se funda la asociación de fomento “Martín Coronado”. |
| 1943 | Inauguración de la Biblioteca “Bartolomé Mitre”. |
| 1958 | Se crea la parroquia local y la Cooperativa Vecinal. |
| 1967 | Se inaugura la planta de tratamiento de efluentes cloacales. |
El crecimiento demográfico y urbano fue acompañado por un fuerte espíritu de comunidad. Los vecinos se organizaron para hacer frente a las necesidades. En 1939 nació la asociación de fomento “Martín Coronado”, y en 1945 se estableció una sala de primeros auxilios. Un hito cultural de gran importancia fue la fundación de la Biblioteca “Bartolomé Mitre” en 1943, gracias a la gestión de un grupo de vecinos liderados por Juan Ferrereirone. En su inauguración, Luis Coronado, hijo del dramaturgo, donó las obras completas de su padre, enriqueciendo el acervo cultural de la incipiente biblioteca.
La década de 1950 consolidó el perfil residencial de la zona, cuando el Consejo Deliberante de General San Martín aprobó una ordenanza para no autorizar la instalación de nuevas industrias. Más tarde, diversas villas como Pueblo Nuevo, Villa Barbosa y Villa Amianto se unificaron bajo el único nombre de Martín Coronado. Los primeros pavimentos llegaron por iniciativa vecinal, y aunque el proyecto inicial tuvo contratiempos, la creación de la Cooperativa Vecinal en 1958 permitió finalizar las obras. El desarrollo no se detuvo, y en 1967 se inauguró la planta de tratamiento de efluentes cloacales, un avance fundamental en la calidad de vida de sus habitantes.
La localidad y su estación de tren fueron nombradas en 1921 en honor al poeta y dramaturgo Martín Coronado, quien vivió y escribió gran parte de su obra en una quinta de la zona y falleció en 1919. La iniciativa fue de los propios vecinos y contó con el apoyo del entonces presidente Hipólito Yrigoyen.
Los primeros habitantes conocidos fueron pueblos originarios, principalmente de las etnias querandíes y pampas, que establecieron sus tolderías en las cercanías del arroyo Morón antes de la llegada de los colonizadores españoles.
El ferrocarril fue un motor clave para el progreso. La creación de una parada, inicialmente para uso de la congregación religiosa local y luego formalizada como estación, facilitó la comunicación, el transporte de personas y el despacho de la producción de los hornos de ladrillos, impulsando la urbanización y el asentamiento de nuevos pobladores.
Fue a través de la ordenanza municipal N.º 420, posterior a 1950, que diversas villas y barrios de la zona, como Villa Lacroze o Villa Amianto, se unificaron administrativamente bajo el nombre de Martín Coronado.
La historia de Martín Coronado es, en esencia, la historia de muchas localidades argentinas: un tapiz tejido con los hilos de los pueblos originarios, la inmigración, el desarrollo impulsado por el ferrocarril y, sobre todo, el esfuerzo y la organización de sus vecinos para construir una comunidad con identidad propia. Un lugar que, honrando a un poeta, escribió su propio poema de progreso y pertenencia.
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